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canonical_url: "https://periodicomovil.com/contenido/5278/en-el-bar"
title: "En el bar"
article_type: "Article"
description: "Ernesto Melías elige sentarse en la mesa que está pegada al ventanal, a unos metros de la esquina. El cortado humea como una locomotora. Si hubiera sabido que no llegaría a tomar nunca ese cortado, quizás ni se hubiera tomado el trabajo de pedirlo."
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date_published: "2016-04-08T17:00:00-03:00"
date_modified: "2020-12-19T01:34:56-03:00"
tags:
  - "COLUMNA"
  - "Columnas y Opinión"
  - "Cuento"
author_name: "Mariela Alderete"
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category_name: "Columnas y Opinión"
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# En el bar

![Dibujo tomado de dibusanfer.wordpress.com](/download/multimedia.normal.b901e1077c53aca1.6e6f726d616c2e6a7067.jpg)

*Dibujo tomado de dibusanfer.wordpress.com*

Observa la extensa fila de

personas que la ANSES acumula y piensa: estos

hijos de puta tratan a las personas como ganado.

Seguro que la mayoría de los viejitos pasó la

noche en la puerta por un turno.

Su hija no llega. Si hay algo que no soporta

es la impuntualidad. Mira como una señora

canosa pasa masticando chicle con la boca

abierta, otra cosa que tampoco le gusta. Para qué

elige ese lugar para sentarse, si todo lo que mira

critica. Reniega porque el mozo le llevó el café

muy caliente. Le molesta la resolana. También a

las personas que caminan ligero, a la joven mamá

que ocupa toda la vereda con el coche. Critica al

boludo que grita porque el tránsito es un caos. Si

se hubiera sentado en la mesa de frente a la

televisión sería igual, porque detesta los

programas de deportes.

El joven desciende del colectivo en

Córdoba y Laprida, a una cuadra del bar. En una

de sus manos sostiene la bolsita, la lleva a su

boca e inhala. Realiza una respiración profunda

como si le faltara el aire. Llena los pulmones de

esa porquería.

Ernesto Melías cree que olvidó el sobre con

el dinero, abre el bombachero y rápidamente lo

visualiza. Se tranquiliza. Lo saca, le parece que

debe disimularlo mejor y cavila: los choros se

fijan en todo. ¿A ver si traje…? Palpa el bolsillo

derecho del saco marrón mete su mano y extrae

un sobre tamaño oficio doblado en cuatro. Se fija

que no esté roto, lo abre y guarda el dinero.

El joven delincuente oculta un arma en la

cintura. Se dirige al bar de la esquina. Su caminar

desordenado asusta a los otros. Inspira temor.

Perseguido por sus propios y malos

pensamientos, que lo acechan, lo enloquecen.

Intenta huir del miedo perpetuo a ser detenido.

Se lleva a la boca una y otra vez la bolsita. Inhala

pegamento. Se detiene frente a una vidriera. Mira

las zapatillas color roja con doble capsula de aire.

Recuerda cuando niño caminaba descalzo sobre

el pavimento de Enero, arrastrando un carrito

destartalado ofreciendo limones. No se da cuenta

que en la vidriera se refleja su cuerpo anoréxico,

fibroso, desgastado, salpicado de tatuajes. No

tiene como ocultar las ojeras cárdenas que

acaparan gran parte de su rostro rugoso por

inmortales horas bajo el Sol.En uno de sus

brazos se le extiende una enorme cicatriz que se

prolonga desde el pulgar hasta el hombro. Las

miradas sorprendidas de los otros de ninguna

manera lo inhiben. Inhala nuevamente. Lucha

incansable con sus pensamientos, quiere

evitarlos. Sin embargo se desprenden una y otra

vez y lo enloquece. Cierra los ojos, apoya la cara

en el vidrio: ve al celador que le atravesó el

cuello con una punta carcelaria. Ve ese rostro

pidiendo clemencia, ese cuerpo desparramado

inundado de sangre fresca y olorosa. Las moscas

con filosos dientes entran y salen por los ojos. El

desgarra un grito de muerte, empaña la vidriera.

El café humea, sigue amargo, sigue intacto.

Ernesto le da poca importancia, trata de

acordarse a qué hora le dijo a su hija que viniera.

El es puntual, llegó a las doce. Tiene la precisión

que llegó a esa hora por que antes de entrar al

bar lo confirmó en el enorme reloj que se muestra

en el edificio del correo Argentino. Toma una

servilleta, desplaza el café que todavía humea.

Toma el anteojo y con la otra mano moja la punta

de la servilleta en el vaso de soda. Lo limpia.

Está en horario, camina lento y como puede,

ya le está haciendo efecto el pegamento.

Se frena y saca del bolsillo derecho del pantalón

sucio, un trozo arrugado de papel escrito con

lápiz. Lo acerca a sus ojos y lee: “el viejo es calvo,

tiene bigote, usa anteojos, anda con bastón. Entre

las doce y una de la tarde estaría en el bar, en el

único bar de la 25 de Mayo y Córdoba”.

El anciano impaciente, hojea el diario sin

leer una sola palabra. Doce y diez. El café sigue

abandonado, humea pero no como antes.

Murmura: Sabe de mi puntualidad. ¿Qué tuvo

qué hacer, para dejarlo a su padre esperando?

Desde esa ubicación puede mirar el enorme reloj.

Sigue renegando, ahora porque hay dos señoras

en la mesa contigua que no dejan de hablar y

reírse. Insiste, murmura gesticula:

―Claro, para eso quiere darme un celular,

para decirme que ya viene, que está demorada.

Menea la cabeza. El mozo apoyado en la cantina

lo observa y de un sutil movimiento le pone en

evidencia al cajero.

Cruza la calle verborrágico, cree ser

inmune al tránsito, un taxi frena y evita pasarlo

por encima. Lo putea, al joven no le mueve un

pelo. Entra al bar, apenas cuatro mesas ocupadas,

lo distingue al viejo, inhala por última vez, deja

caer la bolsita y sin disimulo se acerca

torpemente.

―Dame la guita, dame la guita, le vocifera

y le arrebata el bombachero que se luce sobre la

mesa. Gira, para emprender la huída pero

Ernesto toma ligero el bastón de una robusta

madera y le estampa en la cabeza del criminal. Se

lleva unas sillas por delante y cae. La sangre

brota sin vergüenza. Toma coraje el viejo e

irracionalmente avanza descontrolado sobre el

delincuente, intenta abatirlo golpeándolo con el

bastón, cree que tiene veinte años menos. El

ladrón saca el revólver que yacía durmiendo en

su cintura se da vuelta y jala el gatillo sin

compasión, hasta vaciar el tambor.

El reloj del correo marca las doce y veinte.

Su hija no llegó.

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